El pueblo y su entorno.

Alfarero y comediante, el pueblo de Jiménez ofrece en su registro de oficios algunos hitos históricos que hoy todavía laten en sus calles. En 1752 figuran en el censo 42 alfareros y hasta mediados del siglo XX todavía se encendían en el pueblo treinta hornos que llenaban el aire de aquel aroma suave de las urces en las brasas que hoy recuerdan con nostalgia los ancianos del lugar.

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El brezo es aquí la magdalena de Proust. En 1898, un vecino se registra como “comediante”, algo inaudito en la época y en las costumbres. En Jiménez, siempre hubo teatro popular, hasta en los años de la guerra, cada año una gran obra en la plaza, y hoy no es extraño cruzarse en la calle con un vecino que hiciera en su día de Miguel Strogoff. “Los mayos” mantienen esa ironía y poesía popular en una representación única por barrios donde en un alegato a la primavera se preparan carrozas con muñecos y grandes decorados para dar cuenta de las historias del pasado mezcladas con las de hoy: la muerte de Leonard Cohen junto al antiguo oficio de los aguadores.

Con trazos romanos, visigodos, castros celtas y una fuerte impronta de los mozárabes que repoblaron esta zona, Jiménez ofrece un paseo por sus curiosas calles donde la llamada Calle del sol cruza en el horizonte en un milagro de luz sin tocarse con su vecina la Calle de la sombra.

El entorno.

Muy cerca de la bodega El Capricho, hay un lugar que los ancianos de Jiménez llaman todavía El Tesoro, así lo marcan los mapas en una pequeña colina sobre el río donde no hace muchas lunas aparecieron unas monedas antiguas enterradas en una olla de barro.

Jiménez siempre ha sido muy celosa de sus pequeños secretos. Se trata de descubrirlos por uno mismo.